Mi experiencia más incómoda… Y como lo resolví

MI EXPERIENCIA MÁS INCÓMODA ... Y CÓMO LA RESOLVÍ
MI EXPERIENCIA MÁS INCÓMODA ... Y CÓMO LA RESOLVÍ

Desastres capilares, enfrentamientos con clientes (o entre ellos), malos entendidos y, en definitiva, cualquier situación difícil de manejar en el salón. Todos habéis tenido que lidiar alguna vez con ellas, y nosotros queremos saber cómo: la anécdota de un compañero puede servir, con el tiempo, de ejemplo de gestión de crisis o resolución de conflictos para otro.

Noelia Jiménez

Propietaria de Salón Noelia Jiménez (Madrid)

@salonnoeliajimenez

Recuerdo a una señora, hace ya muchos años, que iba peinada con la cabeza redonda y muy voluminosa. La peiné y, cuando se iba a marchar, al ponerse el abrigo, se le descolocó un pelo, así que decidió, sin pedirme nada, acercarse por su cuenta a un tocador, coger un peine y arreglárselo ella misma. Cuando me di cuenta, vi cómo se peinaba el flequillo desde la raíz hacia la punta con mucha gracia… Con el único inconveniente de que no había cogido un peine, ¡sino una navaja!

Menudo grito pegué al darme cuenta: “¡Nooooo…!” Pero ya no había marcha atrás: se había rapado parte del flequillo, ¡y unos mechones enormes! Menos mal que ella se lo tomó con muchísimo humor.

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Han pasado muchos años de aquello, pero jamás se me olvida. La verdad es que la peinamos para disimularlo y conseguimos arreglarlo enseguida, pero lo recuerdo muchas veces. Y, ¿cómo lo hicimos? Intenté integrarlo en el peinado como pude, bajando un poco ese volumen que llevaba para que no llamara la atención que en esa zona tenía falta de cabello, y lo peiné un poco más de lado, dejándolo caer hacia adelante, en lugar de hacia atrás. Únicamente así… Y con mucho humor.

Anna Barroca

Directora del salón Anna Barroca (Andorra)

@annabarroca

Esta anécdota suele ser muy común en todos los salones, y en el mío pasa constantemente: clientas que llegan a nuestra peluquería, y que antes iban a otras, pero que, como no les ha gustado algún look que les han hecho, te cuentan que han decidido cortarse ellas mismas el pelo en su casa. O peor aún, cuando se trata de color, ¡ya que afirman que se hacen las mechas ellas mismas! Aunque les podríamos recriminar por su mentira, obviamente, decidimos tomarlo con humor y tratar de solucionar su situación de la mejor manera posible, mejorando el “look” con el que nos vienen según sus preferencias y deseos. Por supuesto, y generalmente, cuando nos prueban ya no optan más por jugar a ser peluqueras.

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Yolanda Aberasturi

Propietaria de Peluquerías Yolanda Aberasturi (Bilbao)

@yolandaaberasturioficial

Recuerdo algunas anécdotas reales y algo tensas vividas en el salón. La primera que se me viene a la cabeza fue cuando abrí mi primera peluquería en Bilbao. Llegó un señor a cortarse el pelo, nuca y patillas. Lo cierto es que por la zona de la coronilla y parte superior de la cabeza solo tenía dos pelos. Aún así, afirmó rotundo que quería raya a un lado y chuleta. Esto era prácticamente imposible de realizar, porque no tenía pelo suficiente. A pesar de su calvicie, insistió: “Que te he dicho que quiero raya a un lado, chuleta y un poco de laca”. Yo, mientras tanto, estaba atónita, y no comprendía cómo le podía hacer raya a un lado, ¡si no tenía pelo! Pensé: este hombre me está tomando el pelo, o es una cámara oculta o algo así… No daba crédito a lo que estaba pasando.

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Finalmente, después de haberle cortado patillas y nuca, y ante su insistencia, le pasé el peine y un bote de laca. Entonces, muy seguro de sí mismo, se hizo la raya sobre la calva y se echó la laca. Después de peinarse de esa manera tan ficticia e irreal, salió de la peluquería y nunca más volví a verle. Puedo asegurar que sudé tinta mientras le atendía, pero aún así, y a pesar de que la situación era muy complicada, en ningún momento perdí la calma.

Jesús Vázquez

Propietario de Peluquería J. Vázquez (A Coruña)

@peluqueriavazquez_

Una situación complicada fue la que viví una tarde de viernes. Un cliente habitual mío vino sin cita, y tuvo que atenderle un compañero. Hay que decir que es un tipo de cliente peculiar, y se le atendió de forma exquisita. Aún así, estaba bastante nervioso al no ser atendido por su barbero habitual. ¿Qué servicio quería? Un afeitado que le dejara una barba muy fina, de medio centímetro, y un bigote exactamente igual.

En un momento dado, nuestro cliente pidió que yo le terminase el trabajo, porque no se le estaba realizando como él quería. Yo, para no tener problemas, accedí, y terminé el trabajo. Pero, escasos minutos después de irse, entró dando voces e insultando a mi compañero. Yo, sin creer mucho lo que estaba sucediendo, le pregunté qué pasaba: había visto su imagen reflejada en un coche y vio que el bigote por la parte de la comisura del labio estaba 3 mm más elevado de un lado que de otro.

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Sin parar de soltar improperios, y a voz en grito ante la mirada de los otros clientes que estaban en el salón, buscaba una solución inmediata.

Llegó un punto en el que vi tal falta de respeto que le invité a irse de la peluquería y a devolverle el dinero, a lo que no accedió; exigía un arreglo del bigote inmediato. Lo arreglé de la mejor manera posible, dejado un trabajo estéticamente armonioso, pero él seguía en sus trece, insultado e increpando. Finalmente, le devolví el dinero y le dije amablemente que abandonara el establecimiento y que no volviera. Perdí un cliente, pero gané en tranquilidad.

Montse Morella

Directora de Morella Hair Center (Bacelona)

@momotra

Sábado, once de la mañana, veinticuatro de diciembre, la peluquería a tope, los nervios a flor de piel y entran Dolores y Susana, madre e hija. Morella Estilistas en aquellos tiempos era una peluquería innovadora, moderna, con un equipo de seis profesionales, todos formados a la última y con excelentes referencias.

Aún no había reseñas en Google, todo era más analógico, pero éramos un salón con un buen boca-oreja cuya especialización eran los cambios de imagen, como ahora. El nivel de clientes podemos describirlo de medio a alto, o muy alto, todos muy educados y respetuosos con los profesionales que les atendían y las conversaciones de la peluquería enfocadas al mundo de la moda y consejos para el cuidado del cabello. Dolores y Susana, 72 y 36 años de edad, vienen con la ilusión y la idea de hacerse un cambio de imagen.

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Realizado el diagnóstico previo y llegando a un consenso entre ellas y yo, empezamos a trabajar. Una estaba al lado de la otra. Acabamos de procesar los colores, y madre e hija empiezan a subir el tono de su conversación. Les pido por favor, y siendo muy educada, respeto hacia las otras personas que estaban en la peluquería, y que bajaran el tono de voz.

Con la madre a medio secado y la hija a medio corte, de repente, esta última pega un grito, se escucha un insulto, coge un peine de encima del tocador y se lo tira a su madre con tanta puntería que el peine va a parar de punta a su cabeza.

Emilio, mi compañero, que estaba atendiendo a la madre, apaga el secador y se va al cuartito escandalizado, y yo, sin pensarlo dos veces, le quito las pinzas de las separaciones, la capa y la bata a la madre. Me acerco a ella, la peluquería en silencio sepulcral, y les digo: “marchaos de mi peluquería y no vengáis nunca más. ¡A LA CALLE!”.

Las clientas se quedaron calladas y, sin replicar, se fueron. Nunca volvieron.

Fue un momento tenso, una situación que podría con los nervios de cualquiera. Eso sí, los clientes que quedaron en el salón aplaudieron mi decisión. Nadie puede romper el ambiente que creas en tu negocio y, sobre todo, la experiencia de las otras personas que están en pleno tratamiento.

Hermi López

Propietaria de Peluquería Hermi López (Alicante)

@hermilopezpastornouestil

Lo peor es cuando te culpan por todo. Hay clientas que realmente no saben dónde está el límite. Esto me ocurrió hace algunos años: una clienta de toda la vida vino a hacerse su servicio habitual, corte y color. Cuando desarrollo el corte, tiendo a usar las manos, y meter mucho peine para definirlo. El objetivo es que quede perfecto y que la clienta pueda peinarse y arreglarse sin complicaciones en casa.
Una semana después de hacerle el corte a esta clienta, volvió acusándome de que, debido a mi ejecución, le había causado migrañas durante todos esos días. Fue un momento violento, ya que incluso me cogió del uniforme. La fui calmando poco a poco, convenciéndola de que un corte de pelo no causa dolores de cabeza. Tengo muy claro que no fui yo la detonante de ese dolor, pero, por si acaso, mi consejo a todos los profesionales es… Masajes suaves.

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