Más allá de la etiqueta «sin formol», el futuro de los alisados profesionales pasa por comprender la ciencia que hay detrás de cada formulación, priorizar la salud de la fibra capilar y apostar por tratamientos que respeten tanto al cabello como al profesional que los aplica.
Por Roger Nebot

Roger Nebot
Farmacéutico, actual propietario de una de las farmacias más emblemáticas de Barcelona, la Farmacia Avinyó, y formulador especializado en dermocosmética y capilar.
Fundador de las marcas Gossyp y Bmag
Durante años, el debate sobre los alisados profesionales se ha resumido en una pregunta muy sencilla: ¿lleva o no lleva formol? Sin embargo, quienes trabajamos en formulación sabemos que esa simplificación ya no refleja la realidad del mercado. Hoy conviven tecnologías completamente distintas bajo el mismo concepto de «alisado», con mecanismos de acción, perfiles de seguridad e impacto sobre la fibra muy diferentes entre sí.
Ese cambio obliga también a adaptar la forma en la que los profesionales analizamos un tratamiento. Ya no basta con leer una etiqueta o comprobar cuánto dura el resultado. Debemos entender cómo actúa realmente sobre el cabello, qué sucede cuando el producto entra en contacto con temperaturas superiores a los 200 ºC y cuál es el estado de la fibra meses después del servicio.
Más allá del INCI
Y es que no todos los alisados funcionan igual. Los sistemas alcalinos o reductores modifican de forma intensa la estructura del cabello, alterando los puentes de disulfuro de la queratina para conseguir un cambio permanente.
Son tecnologías conocidas desde hace décadas, pero también muy agresivas para la fibra. Paralelamente han aparecido otros sistemas acidificantes, tratamientos disciplinantes y protocolos reconstructivos que persiguen objetivos distintos, y cuyo comportamiento depende tanto de la formulación como del protocolo de aplicación.
Precisamente ahí es donde aparece uno de los mayores malentendidos actuales. Muchas clientas identifican automáticamente un tratamiento «sin formol» con un tratamiento seguro. Pero desde un punto de vista técnico, esa afirmación resulta demasiado simplista. Que un producto no incorpore formaldehído como ingrediente no significa necesariamente que durante el proceso de aplicación, cuando se trabaja con calor intenso, no puedan producirse reacciones capaces de generar compuestos relacionados.
Por eso la seguridad de un alisado no puede valorarse únicamente por lo que declara el envase, sino también por lo que ocurre durante el servicio. O, dicho de otra manera, la seguridad de un alisado no empieza ni termina en el INCI, sino entendiendo qué ocurre cuando esa fórmula se activa con calor.
Esto es lo que ocurre cuando los alisados utilizan ácido glioxílico como base. En la etiqueta, todo parece correcto: sin formaldehído, sin riesgo aparente. Pero el detalle está en el proceso: cuando el producto se activa con calor extremo –planchas por encima de 200 °C– puede descomponerse y generar formaldehído. No es una posibilidad remota. Está descrito por organismos como la FDA, OSHA o distintas autoridades europeas, que han comenzado a poner el foco en el comportamiento de estos tratamientos durante su utilización real y no únicamente en su composición sobre el papel.
Y ese matiz es especialmente importante para el peluquero. La clienta está expuesta durante una sesión. El profesional puede repetir ese mismo proceso varias veces al día durante años. La temperatura de trabajo, el número de pasadas de plancha, la ventilación del salón, la calidad de la formulación o la documentación técnica del fabricante pasan a ser elementos tan importantes como el propio resultado cosmético.
La seguridad de un alisado no empieza ni termina en el INCI, sino entendiendo qué ocurre cuando esa fórmula se activa con calor
Respetar la fisiología
Al mismo tiempo, el propio concepto de alisado está evolucionando. Durante años el objetivo era transformar la fibra para obtener un cabello completamente liso y rígido. Hoy la tendencia va en otra dirección. Cada vez hablamos más de disciplinar, reconstruir o mejorar el comportamiento natural del cabello que de modificarlo de forma permanente.
La diferencia es mucho más profunda de lo que parece. Transformar la fibra implica alterar su arquitectura interna. Tratarla significa reforzarla respetando su fisiología. Esa nueva filosofía ha impulsado el desarrollo de tecnologías basadas en aminoácidos, proteínas hidrolizadas, péptidos, lípidos biomiméticos o biopolímeros capaces de mejorar la cohesión de la fibra sin recurrir a procesos tan agresivos.
Por ejemplo, existen productos cuyo trabajo se centra en reforzar la propia estructura del cabello mediante aminoácidos y extractos vegetales que ayudan a mejorar su comportamiento de forma progresiva. Otros tratamientos siguen un planteamiento diferente: crear nuevos biopolímeros proteicos que actúen como un soporte interno para aumentar la resistencia de la fibra sin modificar sus puentes estructurales. Son tecnologías distintas, pero comparten una misma filosofía: mejorar la calidad del cabello antes que imponer un cambio artificial de su forma.
El examen se pasa al tiempo
Todo esto obliga también a replantear los criterios con los que elegimos un tratamiento en el salón. Es lógico valorar la rentabilidad, la rapidez de aplicación o la duración del efecto, pero creo que el profesional también debería preguntarse qué temperatura exige el protocolo, qué ingredientes activos utiliza, qué documentación técnica aporta el fabricante, cómo envejece el resultado y, sobre todo, cómo vuelve esa clienta meses después.
Porque ahí está el verdadero examen de un tratamiento: no el día en que la clienta sale del salón con un brillo espectacular, sino cuando regresa y comprobamos que el cabello sigue teniendo elasticidad, movimiento, suavidad y resistencia. El verdadero lujo ya no es conseguir un liso perfecto el primer día, sino que el cabello siga sano cuando ese tratamiento haya desaparecido. Y es que un buen tratamiento puede ir perdiendo parte de su efecto disciplinante con el tiempo; lo que no debería perder nunca es la salud de la fibra.
En mi opinión, ese será el gran cambio de la peluquería profesional en los próximos años. Dejaremos de preguntarnos únicamente cuánto alisa un tratamiento para empezar a preguntarnos cuánto respeta el cabello. Y probablemente esa sea la evolución más importante que ha vivido la cosmética capilar en mucho tiempo.









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